Corazones descosidos y otros breves poemas

Joseph Lorusso

Joseph Lorusso

Una vez más

Engánchame una vez más a tus versos cargados de recuerdos y no me dejes escapar. Atrápame entre esas estrofas que jamás debimos dejar de recitar, las que todavía sigo queriendo escuchar.

Regálame tus pausas, tus silencios que gritan verdad. Recuérdame cuando me quede sin fuerzas, sin ganas, con ganas de abandonar.

Rásgame una vez más esa canción, la que habla de ti y de mí, de nuestra pequeña historia de amor. Haz que me pierda entre sus notas, que te encuentre entre en la escala que separa tu DO de MI SOL.

No te apegues cuando suban mis mareas. No te calles cuando haga temblar tus tierras. No me pierdas, no te marches, intentémoslo una vez más.

 

La caída

Un día cualquiera, tropecé con todos nuestros sueños e ilusiones y, en mi caída, terminé herida en el suelo de las decepciones, con tu nombre clavado en cada uno de mis errores, escupiendo los recuerdos que nos convirtieron en unos jodidos impostores, en unos de esos falsos dioses a los que se agarran los grandes cobardes.

 

Animal herido

Me estoy viniendo abajo. Ya noto como mis muros se deshacen, como un castillo de arena seca que no necesita de una fuerza mayor para pulverizarse.

Siento como el peso de todas esas emociones y pensamientos que evitaba se me viene encima y me asfixia en una leve caricia quebradiza.

Tengo rabia. Me siento como un animal enjaulado y enloquecido. No sé dónde proyectarla, contra quién lanzar mis dentelladas. Necesito salir, irme, huir lejos, hacia cualquier lugar donde mi mente sea incapaz de perseguirme.

Este paisaje me atormenta, me recuerda que ya no estás cerca, me hace consciente de esta soledad hueca, del dolor de estos barrotes que me atraviesan.

Malcolm Liepke

Malcolm Liepke

Corazones descosidos

Conforme más pasa el tiempo, más detalles de ti recuerdo.

Eres como la aguja y el hilo que penetran en mi piel; me das puntadas de dolor, al mismo tiempo que me hacer ser consciente y cómplice de tu acción, de tu enormidad y mi condición; soy finita, tú una estrella fugaz, una presencia que me araña y me consume desde dentro, pero de la cual dependo.

Me coses a ti, a una sonrisa desconocida que aparece después de que tu recuerdo se haya ido, como un regusto amargo que mezcla lo mejor de ti y lo peor de mí.

Intentó alcanzar el hilo de pensamientos en el que andas metido, imaginando como volver a hacer de ellos ovillos que guarden un poco más de sentido.

Nos has enredado, atado a un distanciamiento desmedido. No sé qué hacer, cómo poderte entender, cómo salvarte sin que te llegues a perder, cómo seguir hacia delante, en silencio, y que no me veas enloquecer.

 

Batallas en carne y hueso

Qué difícil se me hace arrancarte de mi piel. Por más que arañe te resistes a salir. Y cuanto más froto más te extiendes sobre mí. Escarbas desde lo más hondo, haciendo agujeros cada vez más grandes, que solo me hacen sufrir, desistir de la tarea más compleja: olvidarme de ti.

Has acampado en mi pecho y te niegas a partir. Has cubierto con tu nombre cada uno de mis muros, los has asaltado y destrozado. Me has expoliado de arriba abajo. Te has hecho infinito en cada uno de mis mitos, antiguas leyendas sobre la triste batalla que libraron nuestras almas, que cabalgaban agarradas a la crin de un animal que clamaba libertad, pero que también se negaba a abandonar, a dejarnos marchar…

Dime qué puedo hacer para olvidarme de ti, a qué lugar he de marcharme para que no me acompañes, en qué momento se irá este dolor que arrastro a todas partes, cuándo se curarán nuestros devastados corazones.

 

Benedict Dylan

Benedict Dylan

Cordones desatados

Se me desataron los cordones y perdí el hilo de lo que estaba haciendo, de lo que estaba pensando, de lo que estaba sintiendo.

Se me desataron los cordones y me tropecé con un mar de dudas, con la inundación más grande de todas, un delirio que corrompía el estado natural de las cosas, que oprimía y ahogaba hasta dejarte rota.

Se me desataron los cordones y anudé mi cordura a la puerta del bar donde los sueños viven sin ataduras, sin tener que guardar la compostura. Aproveché entonces y me emborraché de palabras vacías, de esas que llenan de risas las noches largas y frías.

Se me desataron los cordones y jugué al juego del ahorcado, a ver quién perdía la cabeza antes, quién se quedaba sin aire, quién se colgaba de quién, quién era el primero en marcharse. Subí y subí hasta que caí, hasta hacer crujir mis cervicales, hasta convertirme en un títere oscilante.

Se me desataron los cordones y por fin me agaché a mirar cómo podían volver a juntarse.

 

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