Cuando las palabras se van

Últimamente, siento que estoy en un momento de mi vida en el que no dejo de cruzarme una y otra vez conmigo misma, como si estuviera atrapada en una de las escaleras interminables del surrealista Escher. Subo y bajo sin sentido alguno, desubicándome cada vez más en direcciones que no terminan de llevarme a ninguna parte. Me veo proyectada en todos los niveles posibles, en un sinfín de yoes que imitan cada uno de mis gestos, que están repartidos en pasado, presente y futuro, repitiendo, haciendo o a punto de cometer los mismos errores en los que caí yo. Por más que huya, aquí y allá estoy, sin terminarme nunca de recorrer, sin dejar de verme mire al lugar que mire.

No puedo evitar observar mi reflejo en los muros que dan forma a este gigantesco laberinto de cristal en el que me encuentro, en un vano intento de acercarme a la imagen que me devuelven, en un amago desesperado de acariciar el rostro que me sonríe afligido al otro lado de esta frontera impuesta. Somos víctimas de un juego que no sabíamos que habíamos empezado, recluidas en una jaula en la que nosotras mismas nos hemos encerrado, incapaces ahora de encontrar la salida, sin ganas de intentarlo, aterradas por lo que podamos encontrar más allá de estos barrotes que nos protegen de la misma manera que nos consumen.

Nos miro y soy incapaz de reconocernos. ¿De verdad nos hemos convertido en esto? Me duele vernos tan lejos de nosotras, tan vacías y carcomidas, tan destrozadas y deterioradas, quebradas y espantadas de la vida que antes nos apasionaba. Me deja muda esta forma tan masoquista que tenemos de hacernos daño a nosotros mismos. Sin duda, somos los mejores en darnos donde más nos duele, en dejar de bracear cuando más nos hundimos, en respirar cuando el aire se agota y el agua nos rodea.

Me estoy quedando helada en esta inmensa caverna, en la cual no existe ningún resquicio de vida más allá del movimiento silencioso de las sombras que se mueven tras de mí por las paredes. Tan solo se escucha el rumor del viento azotando los muros que se levantan infinitos sobre nuestras cabezas, en un cántico primitivo que remueve los instintos más básicos y olvidados de nuestra memoria. Intento huir, alejarme lo más rápido posible. No puedo quedarme mucho más tiempo o comenzaré a enloquecer y a convertirme en una sombra de lo que una vez fui, sumándome al eterno destierro de todos los reflejos que siguen mis pasos y que viven atrapados bajo estos muros de hielo.

Echo a correr, me ayuda a no pensar, a continuar hacia delante, a no detenerme. Creo que he llegado a ese punto de perdida de conciencia, de no saber lo que estoy haciendo, pensando o sintiendo. Los músculos se endurecen y se tensan los miembros a medida que más avanzo, estoy yendo demasiado lejos. Soy un cadáver que corre en vida, escapando de la tumba que yo misma he cavado. Sin embargo, el cansancio hace de las suyas y consigue vencerme.

Veo que tú también te has agotado, que te quedas quieta con las mejillas sonrosadas y las lágrimas que ya asoman. Se te ve tan frágil, tan apagada… ¿Dónde está ese fuego que solía darte vida? Solo logro desenterrar tus cenizas. ¿Dónde estás? ¿Qué lugar es ese? Por más que me acerque no consigo encontrarte. ¿Acaso eres como el Ave Fénix que renace o ya no te quedan más vidas y esto que creo cenizas es tan solo polvo gris de tus restos entre mis dedos?

Intentas hablarme, pero no logro escucharte. Veo como boqueas, como un pez que está a punto de perder el aire. Quiero entenderte, comprenderte, poder ayudarte. Parece que me estés advirtiendo del mismo peligro que te llevó a ti a este fatídico destino. Sin embargo, justo en el momento en el que mi mano se atreve a rozar tu fría tez, tu imagen desaparece, rompiéndose en un montón de pedacitos chiquititos que quedan esparcidos bajo mis pies. Un homicidio casi suicida que yo no pretendía.

Hago el amago de recogerlos, de recolectar esos pequeños fragmentos como si se trataran de minúsculas flores en un campo que comienza a florecer; al parecer es lo único que ahora puede mantener ocupado los estragos de una mente que empieza enloquecer en la cárcel de su soledad. De vez en cuando, el filo de los restos de tu memoria penetra y rasga la curiosidad de la mano que lo intenta recoger, como la espina que protege al fruto de su dolor.

¿Cómo voy a volver a juntar todos estos pedazos? ¿Cómo voy a conseguir que se alcen de nuevo? ¿Cómo voy a conseguir repararnos? ¿Cómo voy a volver a ser yo después de todo esto?

A lo lejos, se escucha el rugido de una bestia que aúlla de dolor, un animal herido y cegado por la rabia, que solo se mueve por el puro instinto de sobrevivir. Sonidos guturales y desgarradores retumban por las paredes, una mezcla inconexa de ruido y quejido, un rostro deformado por la angustia que le invade desde lo más profundo de su ser. El sonido de su respiración pesada y el hedor de la descomposición en marcha cada vez están más cerca, ya noto como me rodea, como impregna mi piel expuesta, exquisito manjar.

Busco un lugar donde poder esconderme, en el que poder recuperar las fuerzas para seguir huyendo. En silencio, con el eco de su cavernoso gemido a mis espaldas, recorro cada uno de los interminables pasillos, bajo la idea esquizofrénica de ese algo que me persigue. Ahora lo sé, ya entiendo de qué me advertía mi reflejo, del mismo monstruo malherido que la cazó y atrapó entre estas paredes de vidrio. Sino espabilo me espera el mismo final, convertirme en otro cristal que se quiebra al tacto de lo humano.

Pasa el tiempo, no soy consiente de cuánto ni cuándo. En este lugar su marcha se dilata, haciéndose lenta y eterna, como si se tratara de una sala de espera en la cual estoy esperando no sé exactamente a qué o a quién. Por más que avance no encuentro un lugar en el que cobijarme. Atravieso un sinfín de galerías, las cuales siempre me parecen las mismas, sin llegar nunca a alcanzar su final, un espejismo de vacío que me hace guardar aún esperanzas, ilusiones vagas de que todavía existe una salida.

Siento que me he convertido en un rallujo, en una persona que ahora mismo da círculos alrededor de sí, yendo de una punta a otra a gran velocidad, sin control ni sentido alguno. Enloquezco a medida que el espacio se hace más y más estrecho y, cuando quiero mirar hacia atrás, me encuentro con que todo ha cambiado, ya nada es lo mismo, ni si quiera la persona que me mira desde el otro lado del espejo…

Sin embargo, todavía sigo en pie, no sé cuánto tiempo más aguantaré antes de que me atrape la bestia y me convierta en un recuerdo de mí misma, pero aún tengo fuerzas para seguir buscando la salida, para derretir estos muros que se alzan y me impiden ver lo que se extiende más allá. Solo tengo que tener paciencia, saber esperar y estar atenta a lo que me rodea. Hoy la bestia no me atrapará.

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