Dame tiempo

¿Qué es el futuro? ¿Las próximas líneas que voy a escribir? ¡Pero si a medida que lo hago estas quedan enterradas en el pasado! ¿No será, entonces, nuestro pensamiento que vuela tan rápido que no nos deja ser conscientes de ello? ¡Pero si es imaginación mientras lo aten las cadenas de nuestra razón!

Entonces, ¿qué es el futuro? ¿Dónde está? Si cuando creo que lo alcanzo se convierte en presente y a lo que me descuido se queda en el pasado.

Es extraño porque sin llegar a vislumbrar su sombra en la lejanía no dejamos de pensar en él, de intentar adivinar su apariencia tras la cortina de lo desconocido. Casi nos pasamos más tiempo imaginando el cómo será que disfrutándolo cuando toma forma en nuestras manos. ¡Ay, pero es tan fugaz su paso por el cielo y tan limitada nuestra percepción de ello!

Normal que seamos incapaces de reconocerlo, tan cegados por la luz de lo que no tenemos, tan sordos por el ruido que hace nuestro delirio de cambio y capricho, tan esclavos del deseo. ¡Qué idiotas! Si somos nosotros los que tenemos el control de nuestro tiempo, la fuerza para desprendernos de su peso y convertirnos en seres ligeros con la capacidad de flotar y perdernos.

¡Qué nos pregunten a ti y a mí sobre el tiempo! De sus entresijos y las cargas que acarrea, de cómo vuela cuando nos descuidamos y de lo que duele cuando intentamos detenerlo por unos segundos. Qué nos pregunten cómo todo cambia y sigue sin que seamos conscientes de ello, sin que nuestros deseos de acelerarlo o frenarlo sean escuchados. Es un tren que corre a toda velocidad y que nunca sigue los horarios que le imponemos. Qué nos pregunten cuantas emociones caben en el hueco de cada uno de sus segunderos, que contradictorias se vuelven de un minuto a otro y de qué manera marcan el ritmo de nuestras vidas sin que se lo pidas. ¡Qué nos pregunten!

Eso sí, si ahora eres tú quien viene a preguntarme sobre futuro, sinceramente, no sé qué responderte. Creo que me he apegado demasiado a este presente, convirtiéndome en una miedosa que intenta seguir caminando de frente, siguiendo por los senderos que se le aparecen, aunque veces sean los que menos le llamen, aunque a veces querría salirse de sus límites y caminar por donde le apeteciese. Sin embargo, siempre continuo hacia delante.

Si el tiempo algo me ha enseñado es que muerde, que hace heridas que duelen y hay ausencias que escuecen. Pero también me ha mostrado alguna de sus mejores cualidades, como que es cambiante a la par que desafiante, que lo que creías para siempre tal vez solo se quede en un instante y que los infinitos son para los grandes ignorantes, soñadores.

Y, ¿qué es para siempre? ¿A qué le podemos atribuir esa característica tan absoluta? ¿Qué podría ser tan permanente e inalterable, inmutable y estable?… ¡Si el propio tiempo que es caprichoso puede ser que te lo arrebate! Es entonces, cuando por desgracia o simplemente inocencia perdida, te das cuenta de eso, de que nada es para siempre, que todo cambia y nada es lo que parece.

Sin embargo, el tiempo es como otro elemento de la naturaleza y actúa igual que lo hace el mar, el viento o la corriente, erosionándolo y transformándolo todo a su paso, eliminando todo lo que sobra, aquellos adornos que recubren la superficie de la roca, que le impiden ser arena en la playa, polvo movido por el viento o tierra blanda en la montaña. Consigue que lleguemos a nuestra esencia, que buceemos hasta el núcleo de nuestro ser y que arranquemos el motor principal de nuestra existencia. Convierte en astillas lo superfluo y nos deja desnudos ante un nuevo mundo.

Cada cambio en nuestras vidas es un desvío que nos puede llevar a un nuevo destino, acortar o alargar el camino hasta que lleguemos a alcanzar un desvío o la meta que indique el fin de nuestro recorrido; es una erosión en nuestra piel que nos ayuda a desprendernos un poco más de la corteza de capricho que nos recubre para que podamos contemplar la luz que brilla en lo más profundo de nuestra conciencia. Del mismo modo, cada victoria con las sombras del tiempo es un paso más que nos acerca al velo que lo cubre, que nos pone un paso más cerca de desvelar el misterio del destino al que nos conducen cada una de nuestras acciones.

Con cada erosión y con cada herida nos hacemos más fuertes y vulnerables, ya que nos hacemos conscientes de que caminamos sobre tablones de madera tambaleantes. Cuanto más conscientes somos de la caída, más disfrutamos del paseo, con más calma y seguridad damos cada paso porque, en cualquier momento, sabemos que podemos caer y hundirnos en su abismo.

Ay, y créeme, si tengo que caer en algún abismo qué mejor que caerme dormida soñando contigo.

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