Ser o no ser, esa es la cuestión

“Con cuántas personas estamos y con qué pocas somos”

Últimamente no dejo de leer y releer esta frase, pensando con cada una de sus palabras en cada una de las personas que me rodean y me hacen ser. Pero… ¿qué es eso de ser?

 

SER

Ser no solo es estar tú mismo con los demás, también es descubrir quién eres y llegar a ser quién quieres ser. Porque, para qué engañarnos, durante toda nuestra vida solo somos proyectos de seres, exploradores en continua búsqueda de su yo, inconformistas con sueños cada vez más grandes, buscadores de tesoros que los demás toman por leyendas, inventores de realidades alternas y astronautas que quieren pisar nuevos planetas. Somos proyectos de seres, sí, pero también podemos ser mientras tanto y ser cada vez más.

No obstante, este proceso de “ser o no ser” sería imposible sin la gente que nos empuja a ser nosotros mismos, nuestros maestros vitales que, aunque a veces no nos entiendan, creen en nosotros y nos preparan un bocadillo de optimismo para nuestra aventura de comernos el mundo. Estos maestros son nuestros padres, abuelos, hermanos, tíos, amigos, parejas, profesores, hijos, nietos, sobrinos, etc. Son todos esos seres únicos que nos acompañan en nuestra búsqueda del tesoro. Con ellos aprendemos que, quienes te quieren, lo hacen tal y como tú eres, sin cambiarte y sin pedirte nada a cambio. Con ellos descubrimos que somos más que nadie.

A lo largo de nuestra vida, nos cruzamos con cientos de personas diferentes –y ahora más, con el tema de las redes sociales–, pero solo unas pocas, quizás las que se cuentan con los dedos de una mano, son las que nos animan y apoyan a perseguir nuestros sueños –cualquiera puede animarte con palabras, pero solo muy pocos te apoyan con actos–. Solo unas pocas de ellas confían tanto en nosotros como para proyectarnos hacia nuestras metas; ven algo en ti que ni tú mismo eres capaz de ver y trabajan en que lo potencies. Es por eso, querido lector, que si tienes la suerte de estar rodeado de estos superhéroes, te pido que los cuides, que aprendas de ellos, que los valores y les demuestres lo importante que son en tu vida, en tu proceso para ser.

 

DEJAR DE SER

Es fundamental saber elegir quién va a influirnos en nuestro ser, porque no todo el mundo va a tener buenas intenciones con él y hay gente que va a buscar dañarlo o, lo que es peor, destruirlo. El destrozo que pueden llegar a provocar en nosotros es tal que, una vez volvemos a estar con nosotros mismos, ya no recordamos quiénes éramos, olvidando por completo quiénes buscábamos ser. Tenemos que tener cuidado con aquellos que se meten tanto dentro de nosotros que, cuando por fin conseguimos que salgan, sus heridas se han convertido en cicatrices para toda la vida.

No obstante, con esta clase de individuos también podemos aprender a ser, o, mejor dicho, aprender a cómo no ser. Queramos o no, las marcas que nos van a dejar van a ser lecciones, recuerdos de lo que no queremos en nuestra vida. Nos van a ayudar a ser más fuertes y a estar más cerca de nosotros mismos, a valorarnos y querernos como nos merecemos.

En otras ocasiones, sin embargo, somos nosotros quienes mandamos al desván a nuestro propio yo, quienes decidimos olvidar quiénes somos por imitar los pasos de otros. Buscamos en la vida de los demás nuestra propia esencia, cuando la realidad es que vive en nosotros y solo hay que despertarla. Descuidamos estar y hablar con nuestro ser, dejamos de conocernos y valorar lo que nos hace ser como somos. Y, creedme, no hay nada peor que olvidarte de quién eres.

 

VOLVER A SER

Una vez nos hemos liberado de estos “destruyeseres” –rincón donde también nos incluyo a nosotros mismos–, es cuando comienza el duro y hermoso proceso de volver a conocernos, a reconstruir nuestro castillo de naipes y seguir haciendo que crezca. Puede que esta vez hagamos un diseño diferente, que la distribución de sus habitaciones cambie, sin embargo, su base y esencia siempre será la misma: nosotros. Tendremos que mirar al extraño que se encuentra al otro lado del espejo, preguntarle quién es y qué es lo que quiere; tendremos que coserle las heridas y darle el cariño que necesita para volver a confiar en sí mismo.

Algo que he aprendido con el tiempo y a base de hacerme daño a mí misma y a otras personas, es que si no te aceptas, si no te quieres, es imposible que puedas ser con los demás. Es imposible amar a otras personas si somos incapaces de amarnos a nosotros mismos; si no estamos a nuestro doscientos por ciento, no vamos a poder dárselo todo a los demás. Por eso, quiérete, lo vales todo.

 

De pequeños jugamos a disfrazarnos de diferentes personajes, a interpretar papeles cuyo diálogo está preestablecido; nos enseñan a copiar y aprender de la labor de otros, y, ojo, eso está bien porque en esta vida no nacemos aprendidos. Sin embargo, cuando somos adultos muchas veces seguimos jugando a interpretar un papel que no nos pertenece, intentando escondernos bajo la piel de otros; nos ocultamos como lo hace la última matrioshka y nos volvemos pequeñitos dentro de nuestro ser. No nos enseñan a valorarnos a nosotros mismos, a jugar a vivir nuestro propio papel en el mundo. Crecemos pensando que la vida de los demás es mucho mejor, de película, y que la nuestra es un timo; tampoco es que hagamos nada por tomar sus riendas y dirigir nuestra propia historia.

Somos incapaces de darnos cuenta que lo mejor que tenemos en nuestra vida somos nosotros mismos, que todo y todos los que nos rodean no serían lo mismo sin nosotros. No, no, tampoco me quiero poner en modo narcisista. Simplemente, quiero recalcar la importancia de nuestro ser, en la necesidad de explorarlo y conocerlo, de valorarlo y explotarlo lo máximo posible. Lo que quiero dejar claro es la importancia de saber quién eres.

Y tú qué opinas, ¿ser o no ser? ¿Cuál es tu cuestión?

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